sábado, 17 de octubre de 2015

THE WALL DE ROGER WATERS: GRAN CONCIERTO, MAL DOCUMENTAL


INTRODUCCIÓN

A mediados de agosto último, me enteré de que el documental Roger Waters: The Wall iba a ser estrenado en salas de cine de todo el mundo, de manera simultánea y en fecha única, el martes 29 de septiembre. Había pasado un año entero desde que se presentara en el Festival Internacional de Cine de Toronto y poco o nada se había dicho acerca de cómo fue recibido y ninguna reseña se había publicado en la red.

En esos doce meses entre su transmisión en dicho festival y la anunciada fecha de estreno global, no se filtró ni una sola escena, tráiler o pantallazo que diera señales de cómo lucía este nuevo producto asociado al mejor álbum conceptual de la historia del rock, The Wall, lanzado originalmente en 1979 por el cuarteto británico Pink Floyd.

Todo este secretismo, parte de una campaña publicitaria milimétricamente diseñada por el equipo de producción del documental, encabezado por Roger Waters, el temperamental bajista, cantante y compositor, creador en un 98% de esta obra clásica del arte moderno, no hizo más que aumentar la ansiedad de los millones de fans de la banda alrededor del mundo, quienes de una u otra manera han sido tocados en lo más íntimo de sus psiquis por su monumental argumento, cargado de profundos simbolismos y agudos cuestionamientos a todo lo establecido: las relaciones familiares, la escuela, el amor de pareja, la guerra, la política, la alienación social. Todos queríamos ver esta versión, de qué manera nos sorprendería esta vez el genio creativo y siempre confrontacional del notable artista inglés.

El documental no solo contiene la presentación, en pantalla gigante, de la espectacular gira mundial que Waters y su banda había realizado entre 2010 y 2013 tocando The Wall de principio a fin (la primera vez que esto sucedía desde los míticos shows de Pink Floyd en 1980), replicando la dinámica de ir levantado una pared de ladrillos blancos que separaba a los músicos del público pero con todas las ventajas y posibilidades de los adelantos tecnológicos de los últimos 35 años en todo lo concerniente a sonido, iluminación, vestuario, proyección de imágenes en altísima resolución, uso de robots; sino que además agrega un acercamiento personal a la vida de Waters y explora las principales motivaciones que lo llevaron a escribir esta historia como la muerte de su padre en la Segunda Guerra Mundial. Todo apuntaba a que se trataría de una experiencia musical y psicológica sobrecogedora.

THE WALL: EL CONCIERTO

En cuanto a lo musical la promesa se cumple ampliamente, superando cualquier expectativa. La interpretación de cabo a rabo de las 26 canciones del disco original es perfecta, de un nivel superlativo. Entre Another brick in the world (Part III) y Goodbye cruel world, los dos últimos temas de la primera parte de The Wall, la banda incluye el medley instrumental The last few bricks, formado por fragmentos de The happiest days of our lives, Don’t live me now, Young lust y Empty spaces/What shall we do now? que no figura en el disco de estudio pero sí era tocado por Pink Floyd en los shows de 1980 para darles tiempo al equipo para que instale los últimos ladrillos antes de la suicida despedida del atribulado protagonista de la historia, Pink, alter ego que combina elementos de la personalidad del mismo Roger Waters y de Syd Barrett, el alucinado primer vocalista y guitarrista de Pink Floyd.

La otra novedad es el tema The ballad of Jean Charles Menezes, que Roger toca inmediatamente después de Another brick in the Wall (Part II). Este tema, dedicado a un joven brasileño de 27 años que fuera asesinado en el 2005 por la policía londinense en una de las estaciones del “Tubo” (el sistema de transporte público subterráneo de Londres), por sus presuntos y nunca probados vínculos en los atentados terroristas a la capital de Inglaterra producidos ese año, es como una coda a la archiconocida canción, la única de todo el disco que recibe atención de las radios locales, y es interpretada por Roger con guitarra acústica.

La puesta en escena es sorprendente, de excelencia visual y sonora. Para quienes hemos escuchado el disco hasta la saciedad y hemos visto, en sus respectivos momentos, la suprarrealista película de Alan Parker de 1982 (con Bob Geldof como protagonista) y el concierto The Wall in Berlin de 1990, organizado para celebrar un año de la emblemática caída del Muro de Berlín –en el cual Waters interpretó la obra en su integridad rodeado de un elenco de artistas de primera línea como Scorpions, Bryan Adams, The Band, Marianne Faithful, Cindy Lauper, Thomas Dolby, Paul Carrack, entre otros; este show es un hecho realmente trascendental. Aunque da la impresión de estar viendo siempre el mismo concierto, en realidad hay imágenes de las noches en Quebec (Canadá), Londres (Inglaterra), Atenas (Grecia) y Buenos Aires (Argentina). Mirando los acercamientos al público uno puede darse cuenta de las diferencias entre una y otra ciudad; lo mismo ocurre con el grupo de niños que baila y canta en Another brick in the wall (Part II), dando una señal clara de inclusión al escoger chicos y definir coreografías según el país visitado.

En el tema Mother, Roger Waters realiza la primera y única conexión con la versión original del show, cuando anuncia que la cantará acompañando en segunda voz y guitarra al "joven, miserable y jodido Roger" mientras proyecta imágenes, trabajadas en blanco y negro, de sí mismo interpretando esta canción, una de las principales de la primera parte de The Wall, durante el concierto de 1980 en el teatro Earls Court. 

El extremado cuidado en la interpretación musical (la banda es sencillamente excepcional), la enorme calidad de las imágenes proyectadas sobre el muro, que van cambiando de colores, texturas y mensajes, algunos de ellos muy explícitos, de crítica al orden mundial económico, social y político moderno, hacen de este concierto una experiencia multisensorial que apela a emociones ligadas a la búsqueda de paz y justicia social, uno de los aspectos recurrentes de la carrera de Waters post-Floyd: sobre la base de temas y reflexiones personales decanta en cuestiones más generales, de naturaleza universal que afectan a todos por diferentes motivos.

Por ejemplo, durante la intro de Goodbye blue sky, una animación moderna muestra una amenazante flota de aviones de guerra que lanza bombas, las cuales se convierten en símbolos de todas aquellas instituciones económicas, religiosas o políticas que controlan las mentes de poblaciones en el mundo entero: desde cruces latinas o árabes hasta estrellas de David; desde el símbolo del dólar o la hoz y el martillo hasta logos de conocidas compañías capitalistas como Schell, Mercedes Benz o McDonald, caen sobre una ciudad derruida, corrompiéndolo todo.

Estas –y muchas otras- imágenes alegóricas, diseñadas con tecnología de última generación, se combinan con las clásicas y pesadillescas animaciones de Gerald Scarfe que se proyectan sobre la pared/pantalla, mientras que las tomas muestran cada detalle y expresión en los rostros de músicos y público asistente, en una comunión de emociones que tiene de todo: desde las miradas de complicidad entre Roger y sus talentosos cómplices hasta las explosiones del público, que corea con lágrimas en los ojos cada verso de estos himnos al aislamiento social y las crisis existenciales más oscuras que son, dicho sea de paso, más comunes de lo que piensa la persona promedio.

THE WALL: EL DOCUMENTAL

Lamentablemente no ocurre lo mismo con los segmentos documentales. Aunque Roger Waters: The Wall inicia con buen pie –Roger, de pie frente a un monumento en homenaje a soldados caídos en la Primera Guerra Mundial, entre quienes se encuentra su abuelo, saca una trompeta para tocar la suave melodía de Outside the wall que es interrumpida abruptamente por los explosivos primeros acordes de In the flesh?- la historia que pretende contar no alcanza en ningún momento a conmover con sus desarrollos supuestamente dramáticos y, hasta cierto punto, sumamente disforzados. A contramano de estos vacíos en el contenido de las escenas no musicales, es justo indicar que la fotografía y las locaciones son de gran factura, con lugares hermosos como el cementerio de Montecassino en Italia o tomas de las carreteras, de intensa belleza visual.

Como prólogo al documental aparece Liam Neeson, nacido en la convulsionada Irlanda del Norte, confesándonos que asistió, siendo aun un actor emergente en Londres, a uno de esos conciertos en el Earls Court en el que Pink Floyd sorprendió a todo el mundo interponiendo un muro de enormes bloques que, al final de la obra, colapsaba encima de la gente. El reconocido actor de cine cuenta lo mucho que aportó a su sensibilidad y viaje personal la exposición a Roger Waters: The Wall y nos augura lo propio a quienes estamos por ver el largometraje. El efecto de esta introducción es engañoso ya que si bien es cierto la música y sus letras sí consiguen el impacto anunciado, Waters fracasa en el guión pues tiene varias carencias que no están a la altura de la magnificencia de The Wall como narrativa que compagina a la perfección música e historia generando angustia, identificación con sus principales ideas fuerza, dolor y reflexión a varios niveles.

Sus escenas rozan la superficialidad y hasta caen en la impostura, con un Roger Waters sumamente disperso y ensimismado, que pasa de la lectura de viejas cartas en las que su madre recibe la confirmación de la muerte en combate de su padre en la batalla de Anzio, Italia; a absurdas conversaciones en la ruta, con una persona no identificable, que no guardan ninguna relación con la creación del disco ni con su vida personal o artística ni con los diversos niveles de metalenguaje que tiene The Wall, la razón principal de que haya influenciado tan fuertemente a las generaciones posteriores.

Cuesta trabajo relacionar al genial compositor e intérprete que fue capaz de escribir una obra maestra del arte contemporáneo, con la faceta que nos muestra de sí mismo en este documental. La anodina escena en que está de pie con sus hijos frente a la lápida de su abuelo es la que más se acerca a producir algo de emoción. Waters, de 72 años de edad, nos muestra en primerísimo primer plano una lágrima que corre por sus curtidas mejillas al leer esas amarillentas cartas pero no les dice nada memorable a sus herederos y termina siendo, tanto en este diálogo como en otros a lo largo de la película, de lo más plano y prosaico. Como dije, la escena se acerca a emocionar pero en realidad no llega a generar nada. Otra secuencia medianamente rescatable podría ser aquella en la que Waters se sienta en la barra de un bar, en Francia, y comienza a contarle sus reflexiones y recuerdos -la muerte de su padre, sus pesadillas- al camarero, incapaz de entender inglés. Esta metáfora de la incomunicación es potencialmente buena pero, nuevamente, la trivialidad se apodera del guión y nos deja con la miel en los labios, con la sensación de que había más por hacer con esas ideas.

Para quienes esperábamos mayores exploraciones en el universo artístico de Waters, y que él nos ayudara a entender desde adentro su obra capital, la decepción es tan superlativa como la espectacular performance de él y su banda. Ni una sola escena dedicada a los ensayos de esta monumental gira que duró 3 largos años –más de 140 conciertos en ciudades de Estados Unidos, Canadá, prácticamente todo Europa y parte de Centro y Sudamérica-, ni una sola mención a la participación, en uno de esos conciertos, de David Gilmour y Nick Mason, sus ex compañeros de Pink Floyd, ni tampoco actualizaciones del Waters actual, con la sabiduría y contundencia que le han dado los años, respecto del por qué sentía esa aversión al público y cuáles fueron las verdaderas discusiones entre él y el resto del grupo con relación al contenido, básicamente autobiográfico y personal, de las letras de estas inmortales canciones.

Tras los créditos finales, una jocosa sesión de Q&A (Preguntas y Respuestas) en la que vemos a un Waters más relajado, menos preocupado en seguir las pautas cuadriculadas de un guión que él mismo había escrito, sentado en una pequeña mesa junto a Nick Mason, contestando una serie de preguntas sobre distintos momentos de Pink Floyd y de sus propias carreras, que habían sido seleccionadas en la internet, parece lanzarle un salvavidas al documental, pero no basta. Para mí, este segmento final es, de lejos, lo mejor del documental. Hubiera preferido mil veces ver solo el concierto completo sin esos paréntesis que interrumpen y deslucen al largometraje.

LA BANDA

Roger Waters se convirtió, desde 1973, en la principal fuerza creativa de Pink Floyd y, a partir de The dark side of the moon, el control férreo que ejercía sobre las direcciones musicales que iba tomando la banda se hicieron cada vez más evidentes. Esta situación llegó a su punto máximo con The Wall, a tal punto que, para la gira promocional, el tecladista Richard Wright ya había renunciado al grupo y participó de esos conciertos como músico contratado. Con Mason y Gilmour la cosa fue más sutil e incluso el guitarrista comparte créditos de composición en tres temas de la obra (Young lust, Comfortably numb y Run like hell) además de poner la voz principal en dos (Young lust y Goodbye blue sky) y cantar a dúo con Waters ocho temas más, entre ellos Mother, Comfortably numb, Hey you, Waiting for the worms y Another brick in the Wall (Part II).

Para esta gira The Wall Live 2010-2013, Waters armó una banda con una combinación de viejos conocidos y nuevos talentos, que le permiten replicar nota por nota el extenso álbum y, a pesar de ser sumamente respetuoso con las líneas melódicas y arreglos generales de su composición, le imprime fuerza y aire nuevos. Por supuesto él conserva la poderosa y angustiada voz intacta, alcanzando notas que suenan exactamente igual que hace 30 años y su bajo, potente y preciso, marca la pauta en cada una de sus intervenciones.

David Kilminster, joven músico de harta experiencia en el mundo del rock progresivo, está a cargo en un 80% de las partes más significativas de la guitarra de David Gilmour, y lo hace de manera sobresaliente. El espectacular solo que hace en Comfortably numb, encaramado en la parte más alta del muro y a oscuras, con un breve cañón de luz iluminándolo exclusivamente a él, es uno de los momentos más sublimes del show. El segundo guitarrista, Snowy White, viene trabajando con Roger desde hace muchos años atrás, e incluso fue músico de apoyo en la gira promocional del The Wall original en 1980 y hace un solo alucinante en Hey you. Como tercer guitarrista está G. E. Smith, conocido músico norteamericano que fue parte de Hall & Oates en los 80s y director musical de la banda de Saturday Night Live. Excepcional como guitarrista, su función es de complemento en arpegios y fondos, además de hacer las veces de bajista cuando Waters suelta el instrumento. Por ejemplo en Hey you, que da inicio a la segunda parte de The Wall, Smith toca el bajo fretless que en la versión en estudio fue grabado por Gilmour.

Las partes vocales de Gilmour son cubiertas por Robbie Wyckoff, soberbio cantante de mucha experiencia como vocalista en sesiones y que ha compartido escenarios con otros grandes de la industria. En esta oportunidad, Wyckoff luce su voz atenorada pero con absoluto control de sus capacidades dándole un tono ligeramente distinto a las líneas originales. Para las partes corales (Waiting for the worms, In the flesh, The show must go on) está acompañado de los hermanos Mark, Pat y Kipp Lennon, trío de voces que vienen trabajando desde mediados de los 70s bajo el nombre de Venice.

En los teclados, otro conocido de la familia floydiana post-separación de bienes, Jon Carin, uno de los pocos músicos que no han sido integrantes originales de Pink Floyd y que ha trabajado tanto con Waters como con Gilmour, en paralelo y en diferentes épocas. Carin ingresó a Pink Floyd tras la salida de Roger y grabó los álbumes en estudio A momentary lapse of reason (1987)The division bell (1994) y The endless river (2014) así como los discos en vivo Delicate sound of thunder (1988) y Pulse (1995). Y es miembro de la banda de Roger Waters desde el año 2006. Como segundo tecladista está Harry Waters, hijo de Roger, que además toca el acordeón. En la batería otro colaborador de hace muchos años de Waters, Graham Broad, completan una banda de extraordinarios recursos, que interpreta esta portentosa música con pasión, energía e intensidad.

COLOFÓN

En suma, Roger Waters: The Wall, como producto fílmico en el género de documentales deja mucho que desear y plantea algunas interrogantes: es un hecho que Waters no es ya la misma persona que fue cuando compuso este dolorido testimonio psiquiátrico con implicancias universales pero ¿tanto puede haber cambiado como para convertir su obra maestra, aquella que ya le aseguró un lugar en la inmortalidad, en un producto para consumo masivo, de personas que quizás no entiendan del todo sus mensajes pero que hacen largas colas en los cines, se toman selfies con sus afiches y llenan el Twitter con el hashtag “#IseeRogerWatersTheWall”? Puede que sí. Pero al hacerlo corre el riesgo de convertir a este fantástico alegato contra lo fatuo de la fama (el muro evitaba que la gente lo viera para favorecer la escucha de lo que tenía que decir y comunicar) y la terrible angustia de sentirse diferente en un mundo de personajes homogéneos, reprimidos, represores, alienados por la absorbente sociedad y por sus vacíos emocionales, en un espectáculo de fuegos artificiales, luces de colores y grandilocuencia que está condenado a ser, como todo en esta época, efímero, poco perdurable, desechable. Muchas de las personas que salieron de las salas bar del Multicines UVK después de ver Roger Waters: The Wall ya están haciendo cola para ver el pre-estreno de la última de Batman en 3-D con HD. Solo me queda cantar, con voz queda el trágico Goodbye cruel world… I’m leaving you today…

jueves, 1 de octubre de 2015

DÍA DEL PERIODISTA: ¿ERES "PERIODISTA" O "COMUNICADOR"?


En estos tiempos en que las plazas más atractivas, desde el punto de vista remunerativo, para un profesional de las comunicaciones son las que tienen que ver con consultorías, asesorías de imagen corporativa, comunicación institucional y demás hierbas, uno se pregunta si realmente hay la suficiente cantidad de periodistas en las calles y oficinas de Lima como para celebrar de manera tan entusiasta “su día”.

Desde hace no tan poco tiempo asistimos a una dicotomía engañosa y un poco amañada, arropada en gruesos paños de aquella ignorancia sutil que casi nadie percibe porque es compartida por la mayoría, según la cual existiría una diferencia sustancial entre ser “comunicador” y ser “periodista”. Esta dicotomía, como digo, mañosa, pretende distinguir una cosa de la otra y, en ambos casos, de ida y vuelta, la distinción se hace para guarecerse de no ser confundido entre una opción y la otra.

El “periodista” se siente superior al “comunicador” porque, en el plano conceptual, tiene un trasfondo, es culto, sabe de todo un poco y de nada en su totalidad, recoge lo mejor de cada experiencia y busca siempre llegar al fondo de las cosas. Por su parte, el “comunicador” afianza su superioridad porque, a diferencia del sesgo politizado y el aura crítica del “periodista”, es más pragmático, tiene olfato para la oportunidad, es ligero de pensamientos, reflexiones y conocimientos pero eficiente en la elaboración de mensajes que, en one, calarán tan hondo que cualquier cosa que recomiende será un éxito, un golazo. Los “periodistas” critican, investigan y analizan todo. Los “comunicadores” facilitan el proceso de entendimiento entre unos y otros, asesoran a los peces gordos, entretienen al público, lanzan sloganes, ganan elecciones.

Y este cara/sello, este bifrontismo en el que la profesión que nos convoca a todos los que sentimos pasión por escribir y desentrañar misterios, que nos iguala a quienes crecimos leyendo crónicas escritas desde una Remington o una Olivetti con quienes se dedican a hacer copy-paste de casi todo; en suma, esta doble cara se da a ambos espectros del ejercicio moderno de las Ciencias de la Comunicación, así, con mayúsculas, como los Cursos de Extensión de la San Martín: Se lo espetó Philip Butters (el “comunicador”) a Marco Sifuentes (el “periodista”) en el sonado caso de las acusaciones por mermelería que el primero le hiciera al segundo, al aire y a gritos. Se lo reprocha Magaly Medina (la “periodista”) a Laura Bozzo (la “comunicadora”) creyendo que así diferencia su basura localista de aquella que difunde con ventilador industrial la nefasta animadora afincada en México. Y el resultado es siempre el mismo: “no me digas nada porque tú no eres …” Completen el espacio en blanco con cualquiera de los dos sustantivos y la ecuación será exactamente la misma.

Esta diferenciación tiene, por cierto, un origen conceptual basado en la idea innegable de que la comunicación humana como hecho antropológico es anterior al oficio periodístico. Naturalmente todos los seres humanos tienen la capacidad de comunicarse, esa es una verdad de Perogrullo. Pero eso no significa de ninguna manera que cualquier hijo de vecino se arrogue el título de "comunicador" sólo porque sale a decir lo que se le ocurra y hacer chacota de todo frente a una cámara o un micrófono. Si bien es cierto todo periodista es, primero que nada, un ser humano que se comunica a través de ciertas técnicas, para ser comunicador no sólo basta con saber hablar y ser, entre comillas, carismático.

Sin embargo, la realidad en la que vivimos en el Perú –y me imagino que en otros países del mundo también, aunque no de manera tan descarada como aquí- nos deja claro lo siguiente: cada vez son menos periodistas y comunicadores los que merecen ser felicitados hoy.

El análisis, la profundidad, la absoluta objetividad/subjetividad para investigar y denunciar a todos por igual (cuando lo merecen), el buen decir y escribir -características de todo periodista formado en la tradición de aquella época en la que se estableció esta efeméride- han desaparecido casi por completo de periódicos, canales de televisión y cabinas de radio. Hoy reinan los errores de sintaxis, de ortografía, de cultura general. La ausencia de contenido y criterio para comentar y analizar hechos que la masa siempre ve de manera unidimensional. La incapacidad para desmarcarse del poder y llamar las cosas por su nombre. Todo ese bagaje de influencia social que antaño dio forma a los medios periodísticos, que no contaban con más que sus libretas y lapiceros, máquinas de escribir, grabadoras portátiles, cámaras fotográficas con rollo a revelar y, en muchos casos, su memoria y capacidad literaria para cerrar a medianoche sus historias, darles cuerpo y hacerlas atractivas al lector, es ahora una preocupante y cada vez más pequeña minoría. Y en los medios tecnológicos vigentes (el periodismo digital, los blogs y páginas web, las redes sociales), la crisis va por el mismo rumbo.

Y por la otra acera las cosas no andan muy bien que digamos. El mercado de puestos de trabajo ha convertido a los pocos comunicadores con formación profesional en meros empleados (como asesores de marketing político, jefes de prensa de instituciones públicas, publicistas de poco escrúpulo, cortas luces y múltiples ambiciones) al servicio del poder –político o económico o ambos-; las nuevas tendencias de las relaciones laborales han creado toda una generación de charlatanes que se dedican a mentir y crear expectativas falsas en masas de jóvenes desempleados (los famosos motivadores o consultores de coaching y manejo de la personalidad orientado a la búsqueda del empleo maravilloso que te sacará de la línea de pobreza); mientras que el permanente e indetenible enmierdamiento de la industria del espectáculo (la vulgar y huachafa farándula) ha hecho surgir a una avalancha agresiva, hedionda y cenagosa de nuevos "comunicadores" que destrozan el idioma, entierran los valores y pisotean todo lo que amenace con ser educativo, culturoso o simplemente útil con sus sintaxis simiescas y sus aspectos de barra brava combinada con delincuentes de toda laya, capaces de todo para que el rating no decaiga.

Los “coleguitas” en todos los medios de comunicación convencionales se saludan entre sí y estoy seguro de que cada uno de ellos, en sus fueros internos, reconoce con una claridad mucho mayor de la que serían capaces de aceptar en público que este no es su día. Porque no leen. Porque escriben mal hasta los subtítulos de tres líneas que lanzan al pie de pantalla anunciando los próximos destapes de fin de semana. Porque hacen del condicional –“habría”, “estaría”, “podría”, “presunto culpable”- una forma de vida y discurso. Porque comunican sin saber pensar. Porque apañan a corruptos por temor –o por complicidad. Porque firman facturas por servicios profesionales de todo tipo (conducción de eventos, asesorías, talleres, media training) que después les impide hacer señalamientos, comprarse pleitos y viven, por ello, de espaldas al sufrimiento de la gente de a pie.

El periodismo sigue existiendo por supuesto. Y todavía hay en calles y plazas, en redacciones y oficinas, periodistas que son también comunicadores, comunicadores que son también periodistas, capaces de mantenerse firmes en la persecución de los valores que los inspiraron a estudiar y ejercer, desde las páginas independientes de un periódico o blog que pocos leen, desde las oficinas de imagen de instituciones con orientación hacia cuestiones sociales o solidarias, esa profesión que, en su momento, también ejercieron Vargas Llosa y García Márquez, Fallaci y Kapuscinsky, Wiener y Martínez Morosini. Porque en un comienzo ser periodista y ser comunicador no eran cosas distintas.

Hubo un tiempo en que ser periodista y salir a comunicar cosas era estar comprometido con las causas de la gente común. Hubo un tiempo en que el público sentía que el periodista defendería sus intereses, daría espacio a sus denuncias, no cuestionaría sus dudas y quejas nacidas del hambre y no del cálculo político. Hubo un tiempo en que el comunicador buscaba transmitir diversión y cultura al mismo tiempo y no entregarse al hedonismo facilista de la vulgaridad rentable, esa que va encanallando a niños y niñas, adolescentes que hoy sueñan con ser prostitutas/diosas (ellas) y delincuentes/forzudos (ellos) porque eso les asegurará salir en la televisión, ganar dinero y pasar de ser nada a firmar autógrafos de la noche a la mañana, literalmente sin saber leer ni escribir ni entender nada de lo que pasa ni en el mundo ni en el país ni en la esquina de su barrio ni en la puerta de su casa ni en su propia cabeza.

Porque cada vez hay menos periodistas que los ayuden a salir de esa oscuridad y porque los llamados "líderes de opinión" operan, a veces de forma sutil y taimada, a veces de forma abierta y descarada, para que las cosas sigan así. Eso se siente, se huele en cada programa de noticias, en cada columna que defiende al establishment hasta en las situaciones en que son más evidentes sus efectos negativos y contrarios la población, contra el medio ambiente, contra la decencia.

Y después se sorprenden de ver cómo un estudiante universitario confunde a Abimael Guzmán con Gabriel García Márquez. Basta ver cuántas veces a la semana aparecen estos personajes en los reportajes de la prensa convencional (canales de señal abierta, periódicos del Grupo El Comercio, emisoras del Grupo RPP o de los Capuñay) como para saber de dónde proviene tanta ignorancia. ¿Pasaría lo mismo si les muestran una fotografía de alguna de esas bataclanas o payasos, de esos animadores o guerreros que salen todos los días a todas horas en todas partes? Adivinen la respuesta.