miércoles, 18 de abril de 2018

RADIOHEAD EN LIMA (17-4-2018): ANDROIDES PARANOIDES



Los cálculos de las primeras crónicas publicadas esta mañana consignan la presencia aproximada, anoche en el Estadio Nacional, de más de 30 mil personas. Esto convierte al concierto de Radiohead en el más concurrido de lo que va del año, dejando atrás a pesos pesados como Depeche Mode y Phil Collins, y a estrellas vigentes del pop-rock como Katy Perry o The Killers. Aun cuando el coloso futbolero -La Casa de la Selección, como le decía el fallecido y recordado Daniel Peredo- lució varios puntos vacíos, la entrega del público dejó evidencia de que, a pesar del imperio mediático de la cumbia, la bachata y el reggaetón de estercolero, hay audiencias suficientes para aquellas bandas consideradas poco convencionales pero de enorme trayectoria e importancia global. Por otro lado, los vacíos se notaban especialmente en la segunda mitad del campo y en las tribunas, por lo que el grueso de esas 30 mil personas medidas al ojo se concentraron al frente del escenario, lo cual dice mucho de la devoción que despertó la visita a Lima del quinteto de Oxford, al agotar las entradas de precios más elevados.

Hubo muchas especulaciones respecto al setlist que presentaría la banda liderada por Thom Yorke -aunque a estas alturas ya es claro que lo de Radiohead es un trabajo en equipo, una comunión de visiones adelantadas y experimentales que terminan generando música que atraviesa los sentidos de forma aplastante. Los más fanáticos vivieron los últimos días pegados a www.setlist.fm, el portal que contiene y registra las canciones interpretadas por cada artista, prácticamente horas después de cada concierto, realizando comparaciones -"en Santiago tocó esta, en Buenos Aires no pero entró esta..."- y así. La verdad, a mí no me emociona mucho revisar qué canciones va a tocar un grupo antes de verlo, pero el carácter invasivo del tema en redes sociales, como en tantos otros asuntos de la actividad humana moderna, termina introduciéndolo a uno en el consumo de estas informaciones extraoficiales que quitan el efecto sorpresa, la experiencia repentina frente a lo anticipado.

Pero hablemos mejor del concierto. Fueron 26 canciones en total -27 si contamos Treefingers (Kid A, 2000) que sonó de fondo antes que la banda lanzara su primer tema en vivo-, más de dos horas y media de esa extraña mezcla de rock alternativo, ruidismo, experimentaciones electroacústicas, música electrónica, progresivo y krautrock que ha desarrollado Radiohead en estos 25 años de carrera musical. A pesar de los cambios estilísticos, hay en la obra de estos ingleses un sentido de unicidad poco común en las bandas de su tiempo, que decidieron entregarse a la homogeneidad predecible o a un sentido superfluo de la experimentación, como quien busca diferenciarse del resto pero sin dejar de ser accesibles a las radios y los rankings. Radiohead demostró en su noche limeña por qué es una de las bandas más importantes surgidas en la década de los años noventa, influyente y auténtica. Las densas capas de guitarras distorsionadas, teclados, cajas de ritmo, lánguidos pianos y machacantes tambores y bajos, sumados al timbre angustiante del vocalista, parecían capaces de levantar por los aires al estadio con gente y todo.

Solo un punto criticable: Las pantallas laterales, en lugar de ofrecer oportunidad para que el público ubicado en la tribuna más alejada pudiera ver lo que ocurría con los músicos sobre el escenario -Radiohead es una banda muy dinámica, que suele intercambiar instrumentos en cada tema- se limitó a replicar las caleidoscópicas imágenes y luces de la pantalla ovalada que estaba detrás de la banda. En medio de las manchas y explosiones de iluminación, planos detalle tomados con múltiples cámaras de alta resolución mostraban, muy de vez en cuando, los dedos de Colin, las guitarras de Ed y Jonny, las baquetas de Phil, los ojos entrecerrados o la boca de Thom. Eso, y el pequeño incidente con una de las cajas de ritmo en Idioteque -"a veces estas cosas pasan" se limitó a decir el cantante-, no bastó para restarle puntos al concierto.

Canciones del periodo intermedio del grupo, como Everything in its right place (Kid A, 2000), Pyramid song (Amnesiac, 2001) u All I need (In rainbows, 2007) sonaban totalmente coherentes al lado de novedades como Daydreaming o Ful stop, ambas de su última producción discográfica, A moon-shaped pool (2016), alejadas del sonido inicial que los hizo conocidos. Entre canción y canción se podía escuchar a Yorke decir "gracias", en voz baja, antes de seguir con el espectáculo musical, que estuvo siempre complementado por una impresionante parafernalia visual, con luminosas proyecciones de imágenes pesadillescas y colores encendidos, sincronizada a la perfección con cada acorde o evolución. Tras media hora de estruendosos asaltos de música que parecía sacada de otro planeta, llegó No surprises, en estreno para la gira sudamericana. El primero de los grandes éxitos de Radiohead, una viñeta dulce y aletargada del emblemático disco OK Computer (1997) que fue cantada a coro por todo el Nacional.

Siguieron los latigazos de experimentación con temas del In rainbows como Nude, Reckoner y Weird fishes/Arpeggi, que intercalaron con clásicos de dos épocas distintas: Where I end and you begin (Hail to the thief, 2013) y Street spirit (Fade out), del segundo disco The bends (1995), uno de sus álbumes más aclamados. Para el final de la primera parte del concierto, las poderosas 2+2=5 (Hail to the thief, 2013) y Bodysnatchers (In rainbows, 2007) enardecieron al público, que se desataba en convulsiones de emocionados -aunque bastante descoordinados- bailes. Conectados por el poder de la música, la banda y su audiencia se fundieron en un solo cuerpo, tenso y electrizado, en trance. La primera salva de aplausos trajo más sorpresas: la semiacústica Fake plastic trees (The bends, 1995), la volátil Exit music (For a film) (OK Computer, 1997) y el ataque maquinal de The national anthem e Idioteque (Kid A, 2000) volvieron a dejar exhaustos a los fanáticos. Nuevamente todo se puso negro, pero los aplausos pedían más.

Finalmente, Thom Yorke (voz, guitarra, piano, melódica y maracas), Jonny Greenwood (guitarras, teclados, efectos), Ed O'Brien (bajo, coros), Colin Greenwood (bajo), Phil Sealway y Clive Deamer (baterías, percusiones) volvieron una vez más. Tras un nuevo agradecimiento en el que Yorke resaltó, con cierta emoción en la voz, que estaban contentos de venir por primera vez, lanzó lo que tanto conocedores como iniciados esperaban: Creep (Pablo honey, 1993), su tema más emblemático, que tocaron con gran intensidad, dejando hasta el último grito en la cancha. El estadio entró en frenético éxtasis frente a este himno al anti-héroe, una de las canciones que definieron al rock alternativo de los noventa. Los últimos acordes y la dolorida frase I don't belong here fueron ejecutados con una pausa que hacía pensar que tanto Radiohead como el público no querían que ese momento llegara a su fin. Para cerrar, dos gemas del OK Computer: Paranoid android -para mí, la canción más lograda de su catálogo- y Karma police, de cadencias disonantes y letras atormentadas. Quizás sus canciones puedan ser catalogadas como tristes o depresivas pero yo vi muchas personas felices anoche. 

SETLIST
  • Treefingers (Kid A, 2000, en estudio)
  • Daydreaming (A moon shaped pool, 2016)
  • Ful stop (A moon shaped pool, 2016)
  • 15 step (In rainbows, 2007)
  • Myxomatosis (Hail to the thief, 2003)
  • All I need (In rainbows, 2007)
  • Pyramid song (Amnesiac, 2001)
  • No surprises (OK Computer, 1997)
  • Everything in its right place (Kid A, 2000)
  • Bloom (The king of limbs, 2011)
  • Reckoner (In rainbows, 2007)
  • Nude (In rainbows, 2007)
  • The numbers (A moon shaped pool, 2016)
  • Where I end and you begin (Hail to the thief, 2003)
  • Street spirit (Fade out) (The bends, 1995)
  • Weird fishes/Arpeggi (In rainbows, 2007)
  • 2+2=5 (Hail to the thief, 2003)
  • Bodysnatchers (In rainbows, 2007)

PRIMER ENCORE
  • Fake plastic tress (The bends, 1995)
  • You and whose army? (Amnesiac, 2001)
  • There there (Hail to the thief, 2003)
  • Exit music (For a film) (OK Computer, 1997)
  • The national anthem (Kid A, 2000)
  • Idioteque (Kid A, 2000)

SEGUNDO ENCORE
  • Creep (Pablo honey, 1993)
  • Paranoid android (OK Computer, 1997)
  • Karma police (OK Computer, 1997)




jueves, 5 de abril de 2018

EL GUSTO ES NUESTRO: UN RECITAL DE LUJO



Cuatro cantantes fundamentales en el desarrollo de la música en España, famosos en toda Hispanoamérica: Dos de ellos, Joan Manuel Serrat y Víctor Manuel, eximios compositores y poetas que tocaron la sensibilidad, la conciencia y las emociones más profundas de sus miles de fans, durante tres décadas de carrera musical, enfrentando prejuicios y persecuciones políticas. Los otros dos, Ana Belén y Miguel Ríos, ídolos del cine, la música y el rock, expertos intérpretes de baladas, trovas y frenéticos himnos generacionales.

No era la primera vez que compartían escenario pero sí que se embarcaban en una gira de largo aliento, que los llevaría a recorrer más de 45 ciudades de España y Latinoamérica en un mes, haciendo conciertos de casi tres horas de duración, acompañados por un inmenso equipo de personas. Sobre las tarimas, 18 músicos -15 instrumentistas y 3 coristas- bajo la dirección musical de Juan Carlos Plaza, uno de los arreglistas españoles más reconocidos del pop. Y tras bambalinas, decenas de técnicos, managers y asistentes atentos al más mínimo detalle para asegurar la ejecución perfecta antes, durante y después de cada actuación.

Esta gira dio como resultado un CD de gran factura, que ofrece al oyente promedio un vistazo general de la prolífica producción musical de sus cuatro protagonistas, con arreglos especialmente preparados que, en algunos casos, renuevan estas entrañables canciones y las presenta de manera fresca y atractiva tanto a los conocedores de sus versiones originales como a quienes recién las escuchan por primera vez.

La poética de Serrat, refinada y de altura, se combina con la agudeza y nervio social de Víctor Manuel, y cada pieza está recubierta de elegantes marcos musicales que van de lo decididamente rockero -Cruzar los brazos- a lo acústico -Solo le pido a Dios, composición del argentino León Gieco que Belén grabara en los setenta- a la sofisticación del bossa nova y los aires latinos de otros clásicos modernos de la trova española como Quiero abrazarte tanto, que Ana Belén acaricia en su interpretación sinuosa y agradable; o Contamíname, composición del cantautor canario Pedro Guerra que aquí cobra nueva vida.

Se trata de un recital de lujo, en el que cuatro legendarios artistas de la canción trovadoresca en español juntan sus talentos para ofrecer al público una experiencia inolvidable en varios niveles. No solo se trata de sentarse a escuchar canciones con mensajes significativos, ya sea por su profunda sensibilidad social o por su romántico lirismo. El gusto es nuestro es, ante todo, una reunión de amigos que quieren agradecer al público que los ha seguido durante años por tanto apoyo y admiración, compartiendo sus emociones y esa química tan especial que los une en cada interacción sobre el escenario.

El concierto se desarrolla con soltura, sin dividir el programa en segmentos específicos para cada vocalista, lo cual les permite entrar y salir permanentemente, haciendo a veces dúos, a veces canciones en solitario o temas a cuatro voces, creando una dinámica que mantiene a los espectadores atentos a cada movimiento. Desde luego, esto forma parte de un inteligente cálculo de la producción, supervisada por los cuatro, y que incluye una novedad: cada uno interpreta éxitos originalmente grabados por otro de ellos.

Por ejemplo, Miguel Ríos entona la enigmática Penélope, imprimiéndole su propio estilo, mientras que Serrat hace lo propio con El río, nuevaolera balada que lanzó al estrellato al rockero, en los maravillosos años sesenta. O la versión que hace Serrat de Cuélebre, tema ochentero de Víctor Manuel mientras este hace suya Me'n vaig a peu, una de las primeras composiciones del famoso catalán. También hay espacio para la diversión, en el segmento rocanrolero en que los cuatro interpretan clásicos como La plaga, La locomoción, Estremécete y El rock de la cárcel, en las que Miguel Ríos se mueve como pez en el agua.

Canciones emblemáticas de Serrat como Hoy puede ser un gran día, Fiesta o Cantares ("caminante no hay camino se hace camino al andar...") son, definitivamente, las más aplaudidas del amplio repertorio escogido por estos cuatro monstruos del espectáculo hispano, mientras que el romanticismo está asegurado con temas como Paraules d'amor, tierna balada que Joan Manuel Serrat y Ana Belén cantan juntos en español y catalán. Hay canciones especialmente buenas, como El blues del autobús, compuesta por Miguel Ríos y Víctor Manuel o España, camisa blanca de mi esperanza, una de las tantas idiosincráticas canciones que Víctor Manuel compusiera para Ana Belén, su esposa y colaboradora desde inicios de los setenta.

El disco finaliza con una estremecedora versión del Himno a la alegría, en que la banda se luce con una coda de intenso rock guitarrero. La gira El gusto es nuestro, que también quedó registrada en DVD y generó un delicioso libro de crónicas titulado Diario de una ruta (escrito por Víctor Manuel), batió todos los records en la historia de los conciertos en España. Recientemente, entre junio de 2016 y octubre de 2017 el cuarteto repitió la faena para celebrar los veinte años de El gusto es nuestro, con multitudinarios conciertos en España, México y Argentina. El recital del CD y DVD original se realizó el 12 de septiembre de 1996, en la famosa Plaza de Toros de Las Ventas en Madrid, ante un público de más de 30 mil personas.



jueves, 29 de marzo de 2018

JESUCRISTO SUPERSTAR: UN CLÁSICO DE SEMANA SANTA



¿Quién no ha visto, en colegios o grupos parroquiales de barrio, alguna representación de esta icónica obra del teatro musical? Desde actuaciones austeras y amateurs hasta producciones profesionales de enormes presupuestos, Jesucristo Superstar conserva su irreverente propuesta, estrenada en Broadway en octubre de 1971.
Sin embargo, lo que pocos saben es que la famosa ópera-rock apareció primero en 1970, como un álbum doble para luego convertirse en libreto a ser interpretado por actores. Los británicos Tim Rice (letra) y Andrew Lloyd Webber (música) compusieron esta obra conceptual sobre la última semana de la vida pública de Jesús interpretando libremente las clásicas historias de los Evangelios canónicos.
La voluptuosidad y desenfreno de la contracultura hippie definieron el guion de Jesus Christ Superstar, que significó un cambio radical frente a las clásicas representaciones de temas bíblicos en las artes escénicas y musicales, en las que primaba el recato y la épica espiritualidad, como en las películas de Cecil B. de Mille. La versión fílmica, dirigida por Norman Jewison en 1973 y protagonizada por Ted Neeley e Yvonne Elliman, desató iras santas que la acusaron de hereje, blasfema y lujuriosa.
Musicalmente hablando contiene interesantes arreglos para orquesta, coros y grupo de rock, entre lo psicodélico y lo sinfónico. The Grease Band -Allan Spencer (bajo), Bruce Rowland (batería), Neil Hubbard y Henry McCullough (guitarras)-, que acompañó a Joe Cocker en Woodstock, se encarga de la base rockera mientras que la orquesta de los estudios Decca es dirigida por el mismo Lloyd Webber, uno de los compositores de musicales más reconocidos del mundo.
El principal atractivo del disco son los vocalistas, todos en el primer momento de sus carreras: En el papel de Jesús está Ian Gillan, quien había ingresado un año antes a Deep Purple, banda con la que alcanzaría fama y fortuna a nivel mundial. Como María Magdalena se luce Yvonne Elliman, cantante norteamericana que luego de participar en los primeros montajes teatrales y cinematográficos de esta obra, se hizo conocida interpretando música disco. Asimismo, destacan Murray Head como Judas Iscariote, Victor Brox y Brian Keith en los papeles de Caifás y Anás, y John Gustafson, como Simon el Zelota. Head tuvo éxito radial en 1985 con el tema One night in Bangkok, mientras que Gustafson es conocido entre los fanáticos del hard-rock como bajista y vocalista de Quartermass. Bryan Dennen, quien hasta hoy se dedica al teatro musical, interpretó a Poncio Pilatos.
La vigencia de esta obra se sostiene en la calidad de sus composiciones: los leitmotivs centrales son Overture y Hossana, presentes en distintas variaciones, intensidades y acentos. Esta y otras técnicas del teatro musical, como el llamado y respuesta de dos coros -The temple, What's the buzz/Strange thing mystifying- o el tema en clave de vaudeville -Herod's song (Try it and see), son usadas por Lloyd Webber de forma dosificada y precisa para no cansar al oyente. Temas como Gethsemane (I only want to say) o I don't know how to love him se han convertido en emblemáticos por las potentes interpretaciones vocales de Gillan y Elliman, pero hay otras canciones igualmente valiosas como Everything's alright, Superstar o Judas death, en la que se repite la melodía de This Jesus must die, con otra letra y tonalidad.
El impacto de Jesus Christ Superstar fue tan grande que existen grabaciones distintas hasta en 48 países, siendo una de las más conocidas la versión en español que se lanzó al mercado en 1975. La traducción y adaptación de los textos que habían hecho los españoles Jaime Azpilicueta e Ignacio Artime había tenido algunas representaciones locales, pero su repercusión fue nula debido a la censura durante los últimos años del régimen franquista.
El baladista y cantautor Camilo Sesto, entonces con 29 años de edad y cinco exitosos discos publicados, invirtió 12 millones de pesetas para una gigantesca producción, con orquesta, coros, vestuarios y banda en vivo, que fue presentada durante medio año en el Teatro Alcalá Palace de Madrid. La correspondiente versión en LP se convirtió en un clásico de la música en español por derecho propio, gracias a las impresionantes interpretaciones de Camilo Sesto, Teddy Bautista y Ángela Carrasco en los papeles principales -Jesús, Judas y María Magdalena, respectivamente.
Los segmentos rockeros estuvieron a cargo de Los Canarios, conocida banda de jazz-rock de entonces, integrada por Antonio García de Diego (guitarras), Christian Mellies (bajo), Matías Sanveillán (piano, teclados), Alan Richard (batería) y el propio Teddy Bautista quien se encarga de la dirección musical, pianos y teclados. Aquella primera temporada de Jesucristo Superstar es recordada hasta ahora como uno de los máximos momentos del teatro español, con llenos totales y ovaciones cerradas en cada una de sus funciones.
En cuanto al disco, también tuvo gran impacto comercial, con singles como Getsemaní y Es más que amor, que sirvieron para consolidar la ascendente carrera del cantautor español y hacer conocida a la joven dominicana, en su primer trabajo profesional. Esta versión de Jesucristo Superstar se convirtió en el insumo principal para todos aquellos que se animan a representarla durante la Semana Santa, y se hizo muy popular entre estudiantes católicos de todo el mundo hispano.

miércoles, 14 de marzo de 2018

PHIL COLLINS EN LIMA (martes 13-3-2018): LA CLASE SE MANTIENE INTACTA



Desde que se anunció la segunda visita de Phil Collins a Lima, he escuchado voces que, exhibiendo un grado sumamente preocupante y abyecto de frialdad e intolerancia -dos de las principales características que revela ignorancia en el comportamiento humano-, se apuraron a decir que el cantante y compositor británico "estaba ya acabado", "ya no canta", "sale sentado" y otras frases que buscaban descalificar la genuina expectativa que despertó en muchos de sus seguidores, tanto aquellos que conocen profundamente su trayectoria desde los tiempos de Genesis y Brand X como aquellos consumidores promedio de música radial que mueven los piececitos al ritmo de Sussudio pero no tienen la menor idea de la existencia de canciones como Take me home o The west side.

El rock -y sus innumerables variables surgidas a lo largo de ya más de seis décadas- está íntimamente asociado a rebeldía y juventud. Aun así, los fanáticos de este apasionante género musical hemos visto envejecer dignamente a las primeras promociones de rockeros, muchos de ellos aferrados a sus instrumentos hasta el final de sus vidas. Más allá de gustos específicos por tal o cual grupo o solista, las audiencias reconocen en sus artistas ese ímpetu aun en las postrimerías de su existencia terrena, cuando las fuerzas físicas van terminándose pero aun queda ese fulgor, ese talento, esa clase de la cual carecen los farsantes que hoy llenan rankings de ventas millonarias con propuestas musicales vacías, sin substancia.

Y es que el rock también es un sentimiento, uno que genera elevados niveles de identificación y apasionamiento. Por eso sorprende la gruesa piel de insensibilidad que encierra esa retahíla de comentarios, algunos desde la misma prensa especializada, faltos de empatía hacia un hombre que protagonizó algunas de las mejores épocas del pop-rock durante los ochenta. Y muchas durante la década anterior. Es cierto que no se podía esperar al mismo cantante que derrochaba dinamismo y energía, corriendo de un lado para el otro, haciendo coreografías con su sección de metales en 1986. O querer ver al muscular baterista capaz de ritmos y síncopas imposibles que llegó a ser comparado con John Bonham o Bill Bruford en su momento más fuerte allá por 1973. Las enfermedades y, sobre todo, las consecuencias de un lamentable accidente pasaron factura a la maquinaria corporal de Phil Collins. Por eso hoy canta sentado y reduciendo una o dos escalas la tonalidad de sus canciones -algo que hacía ya desde finales de los noventa. Pero la calidad permanece intacta, como quedó demostrado en el recital de la noche del martes 13 de marzo del 2018, sobre el escenario del Jockey Club.

La voz de Collins aun conserva ciertos matices que recuerdan directamente a su época de mayor éxito, en especial en los tonos intermedios. Y en sus característicos gestos -la ceja levantada, la sonrisa pícara, la mirada de reojo a sus músicos- se reconoce al que fue, aun cuando los signos exteriores de deterioro, consecuencias de la cadena de males que lo vienen aquejando desde el 2011, nos hacen pensar que estamos frente a otra persona (la acción del tiempo es inevitable). ¿Qué pensará Phil en cada ciudad que forma parte de esta gira titulada Not Dead Yet (Aun no estoy muerto) cuando se ve a sí mismo en la gigantesca pantalla LED ubicada detrás suyo, calentando como boxeador junto a sus compañeros de Genesis, mirando extrañado a un Peter Gabriel disfrazado de flor, sentándose en las piernas de Mike Rutherford, baqueteando incansable con Chester Thompson? Esta y otras preguntas vinieron a mi mente mientras disfrutaba del show, un verdadero acto de agradecimiento a su público, personas que no lo rechazan por haber hecho algo que todos vamos a hacer alguna vez: enfermar y envejecer.

El concierto fue una colección de sus grandes éxitos: Allí estuvieron, por supuesto, Sussudio (casi al final), Dance into the light (de ritmos africanos a lo Peter Gabriel), You can't hurry love (cover de The Supremes de 1966), Something happened on the way to heaven y las espectaculares baladas Separate lives (a dúo con Bridgette Bryant, una de sus fantásticas coristas) y Against all odds (con la que está dando inicio a cada recital), coreada por las casi 20 mil personas que acudieron a la convocatoria. Pero también faltaron Don't lose my number, One more night, A groovy kind of love, Two hearts, Cannot believe it's true, Do you remember? El repertorio de Phil Collins como solista es tan extenso que habría dado para una hora más de espectáculo.

Luego del romántico inicio, Collins ofreció Another day in paradise (una de las pocas canciones que se atrevió a entonar en su nota original) y luego tres energéticos temas -Hang in long enough, Who said I would y I missed again- en los que se lucieron Harry Kim, Dan Fornero (trompetas), Luis Bonilla (trombón) y George Shelby (saxo), la sección de vientos que lo acompaña. Para la popular Easy lover, Collins se vio invadido en su cómoda silla giratoria de cuero por sus coristas Amy Keys y Arnold McCuller, quienes derrocharon talento vocal y carisma. El resto de la banda son todos extraordinarios y reconocidos músicos, garantía de una ejecucón perfecta de estos temas, clásicos de una época en que las radios populares nos exponían a música de verdadera calidad: Daryl Stuermer (guitarra), Lee Sklar (bajo), Brad Cole (teclados) y Luis Conte (percusión). En el fondo, Nicholas Collins, de 16 años, enfundado en una casaquilla de la selección peruana de fútbol, hacía sonrojar a su orgulloso padre quien lo presentó con evidente emoción.  

In the air tonight tuvo un tratamiento distinto a las otras veces que la he escuchado en vivo, sobre todo en la introducción, y ciertamente suena más oscura, dos escalas por debajo de la grabación original, con un tétrico Collins iluminado de rojo infernal para la interpretación de su primer single como solista, lanzado originalmente en 1981. Throwing it all away e Invisible touch, ambas del álbum de Genesis del mismo nombre de 1987, fueron tocadas con pulcritud y no desentonaron, al tratarse del periodo más convencional de la legendaria banda a la que se unió en 1970 como baterista y terminó liderando como vocalista en los ochenta. Follow you follow me, espacial tema del primer disco de Genesis como trío -el volátil ... And then there were three de 1978, fue un verdadero homenaje a su banda primigenia, con un collage de imágenes que cubrió todas las épocas de uno de los grupos más emblemáticos del rock progresivo británico.

Tras la fiesta que se armó en Sussudio -con un manantial de luces de colores que salían de las pantallas, Phil Collins abandonó el escenario caminando, tal y como había entrado, apoyándose en un bastón. De inmediato las instalaciones comenzaron a ser abandonadas por algunas personas, quizás tratando de huir del tráfico que los esperaba fuera del recinto. Lo lógico sería que, en consideración a su salud actual, el músico se eximiera de cumplir el ritual de los bises o encores. Sin embargo, dos minutos después, la banda retornó y Phil, con su bastón a cuestas, volvió y se despidió de Lima con Take me home, como lo hizo en el Royal Albert Hall o el Estadio Maracaná, dos de los prestigiosos escenarios del mundo en los que se ha presentado en los últimos meses. Como dijo una persona a mi lado: "Si él hace el esfuerzo por volver ¿por qué no haríamos nosotros el esfuerzo por quedarnos para una canción más?".


THE PRETENDERS: TELONEROS DE LUJO

A contramano de la presentación de Phil Collins, la banda liderada por Chrissie Hynde ofreció más de una hora de su mejor repertorio reproduciendo de manera fiel el sonido original de clásicos de los ochenta como Don't get me wrong, Back on the chain gang, Kid, Talk of the town, Mystery achievement, entre otras.

Martin Chambers, baterista y uno de los fundadores del grupo, demostró por qué fue uno de los mejores de la década, con un estilo directo cargado de energía. Sus bombazos y expertos redobles sacudieron y calentaron el Jockey Club, que lucía un poco vacío para cuando ellos salieron, a las 8 en punto de la noche (lástima para quienes llegaron tarde y se perdieron este derroche de filo rockero).

Hynde es el arquetipo de la mujer rockera -un título que comparte con Patti Smith- y armada de su brillante guitarra, condujo a su tropa con rudeza y sensualidad, conservando intacta esa inconfundible voz que va de lo grave a lo agudo con suma facilidad. Junto a Hynde y Chambers, únicos sobrevivientes de su formación original, James Walburne (guitarra, coros), Nick Wilkinson (bajo, coros), y Carwyn Ellis (teclados, guitarra, coros) acompañaron de manera sólida, mostrando un rock and roll que por momentos alcanzó alturas de genialidad -como en la frenética Thumbelina del álbum Learning to crawl, de 1984.

Brass in pocket, otro de los temas de su emblemático álbum debut de 1979, fue tocada a pedido del público. La cantante, aunque mostró su incomodidad por la inevitable ráfaga de fotos que el público suele tomar con sus celulares -lo mencionó en más de una ocasión- fue amable con la gente y dijo que era un honor tocar en Perú por primera vez.

La vocalista mostró su lado romántico en las baladas I'll stand by you y Hymn to her -retitulada Hymn to his, que dedicó a Collins-, y anteriormente ya nos había lanzado la ondulante I go to sleep, composición de su ex esposo y líder de The Kinks, Ray Davies, que también tuvo destinatario, esta vez el vocalista de The Smiths, Morrissey. Para el cierre, Martin Chambers, con ese aspecto fiero que lo hace parecer hermano menor de Ginger Baker reventó los tambores con una malabarística introducción a Middle of the road, contundente tema con el que cerraron su participación como teloneros de Phil Collins. De lujo.




lunes, 22 de enero de 2018

CRÍTICA A LA VISITA DEL PAPA FRANCISCO


La visita del Papa Francisco puede (y debe) ser criticada desde tres niveles:

El primero tiene que ver con el evidente y descarado aprovechamiento que políticos cuestionados como el presidente, su entorno más cercano y otros actores de la cotidianeidad noticiosa -Keiko, congresistas de diversos y coloridos pelajes- han realizado de este acontecimiento, de innegable importancia dada la naturaleza del personaje, líder de la Iglesia Católica y Jefe de Estado del Vaticano, un micro-estado de enorme poder político-económico e influencia social a nivel mundial. 

El caso más patético es, como siempre, el de PPK, a quien solo le faltó disfrazarse de monaguillo para que el baño de popularidad le salpique alguito y lave, de manera epidérmica, la mugre de la que aun no puede deshacerse. Todo parece indicar que ni el mega convocante Papa será capaz de exorcizar al mandatario de los bailecitos de los fantasmas de Odebrecht y la vacancia que lo rondan como bíblicos ángeles de la muerte. 

En segundo lugar queda Keiko, ataviada con su kit papal, en medio del terral de Las Palmas, esperando, disforzadisima ella y su esposo, la bendición del Sumo Pontífice quien, bromista y bonachón, conversó con inicuas autoridades de Lima, Trujillo y Madre de Dios, llevando al extremo la noción de la tolerancia en tiempos en que la corrupción merecería ser arrasada, a palos, como hiciera Jesucristo con los mercaderes.

El segundo nivel es el de la irracionalidad de las masas enardecidas por esta visita, que responden de forma irreflexiva y, en muchos casos (no me aventuraría a decir que en todos para evitar la generalización siempre presta a error), sin saber exactamente de qué se trata el llamado de una supuesta fe que a lo largo de los años se ha convertido en poco menos que una moda superficial. 

Es difícil pensar que sea posible hacer entender a las multitudes que se abalanzaron a ver, aunque sea unos cuantos segundos, al Papa Francisco mientras pasaba por calles y avenidas de diversos distritos, o los gentíos congregados en la playa trujillana de Huanchaco o en la base militar limeña de Las Palmas, que no se trata de pegar gritos -como si estuviesen mirando al último artista de sus preferencias-, ni tampoco de hacer contacto visual aunque sea por milésimas de segundo, o tocar con las yemas de los dedos esa inmaculada sotana blanca para que tu vida cambie, tu enfermo cure, tu tristeza se esfume. Se trata, por el contrario, de ser más respetuosos y solidarios, de cuidar el medio ambiente, de proteger al prójimo. 

El Papa Francisco no es Jesucristo, es un ser humano, un señor muy amable que representa a la Iglesia, aquella institución que fuera establecida por Jesús de Nazaret hace 2018 años y que, más allá del respeto que le tengamos a entrañables símbolos instalados desde nuestra formación católica-apostólica-romana, y que así como tiene aciertos tiene también errores, algunos de ellos muy grandes. Y que así como puede influenciar positivamente en la gente también puede cometer delitos execrables que terminan destruyendo familias y vidas de niños y niñas.

La muchedumbre enloquecía con cada aparición del Papa y sus palabras, todas muy cuidadosamente escogidas y de innegable valor como discurso de paz, de amor y de unidad entre seres humanos, se perdían entre los alaridos destemplados y esa atmósfera de concierto que le daba a cada homilía o salida al balcón una apariencia extremadamente superficial y desenfocada.

Hasta ahí, nada entra en la responsabilidad misma del obispo argentino Jorge Mario Bergoglio, un intelectual de la teología que sabe además caer bien, consciente del inmenso poder de convocatoria que posee. No le corresponde a él moderar la algarabía de esta población que siente sobre sus hombros una responsabilidad de seguir siendo "la más creyente de Latinoamérica después de México" pero que, en su quehacer cotidiano, demuestra haber caído en un hondo vacío de espiritualidad, una suerte de Sodoma y Gomorra con varios becerros de oro que saltan como monos en la televisión -Esto Es Guerra y Combate- y una creciente tolerancia a los actos corruptos de los gobernantes y las clases dirigentes de turno, cuando no indiferencia e incluso complicidad a la espera de un puesto de trabajo, una dádiva, un pelo del lobo que esquilman desde sus altos cargos y oficinas. Tampoco es responsable -por lo menos es lo que se cree- de la actitud -entregada, objetiva o frontalmente opuesta- de la prensa acreditada para estar pendiente de todos sus pasos y acciones.

Pero entonces surge el tercer nivel de crítica, el más grave: La alta posibilidad de que, en nombre de continuar con la postura intransigente de encubrimiento a aquellos malos -malditos- elementos del clero que siguen perpetrando actos aberrantes de acoso y abuso sexual y de poder, perjudicando a niños y niñas alrededor del mundo, usando como coartada para cometer sus crímenes esa situación de ventaja que tiene el sacerdote-guía espiritual sobre la feligresía humilde y ávida de consuelo, de protección; digo, en nombre de seguir con eso, el Papa Francisco habría preparado un discurso bonito y lanzado disculpas masivas, quejidos de dolor frente a las atrocidades para luego, a renglón seguido, desautorizar a víctimas de violación que han demostrado plenamente sus situaciones. 

Ocurrió en Chile con la cortante respuesta y agresiva mirada que el Papa lanzó, apenas durante unos cuantos segundos, a la prensa chilena que se atrevió a preguntarle por un obispo, Juan Barros, que a pesar de haber sido señalado como cómplice y tapadera de un asqueroso y comprobado violador durante años, lo acompañó en su reciente paso por Santiago, previo a los tres días de epifanía y baño popular que los peruanos, tan desinformados y creyentes, le regalamos.

Es más, también habría ocurrido algo similar en Trujillo, donde un obispo perteneciente al Sodalicio también lo acompañó en sus actividades norteñas, a vista y paciencia de todos. La denuncia, ampliamente documentada en los artículos y posts del periodista peruano Pedro Salinas -el más notorio investigador del caso Sodalicio que sigue remeciendo al clero peruano- pasó desapercibida para los medios de comunicación de señal abierta, quienes no abandonaron el publicitado #ModoPapa ni siquiera frente a estas noticias de vibrante actualidad. 

Con esa postura mediática, que practica a la perfección aquello de invisibilizar y desaparecer las cosas con solo no nombrarlas, los canales de televisión convierten a las redes sociales -siempre de menor llegada a pesar de su auge- en un terreno de refugio para los quejosos e inconformes, reduciendo sus aportes a la información a simples rabietas que la masa jamás entendería siquiera. 

Lo cual nos lleva a identificar un cuarto nivel de crítica: la actuación de los medios de comunicación masiva peruanos, que abdican a su función de informar desde todos los ángulos de la noticia para limitarse a ser caja de resonancia del mensaje oficial, lo cual lejos de contribuir a que la opinión pública saque conclusiones y lecciones de los hechos, permanezca dócil y débil, vulnerable frente a las estrategias de dominación que se ejercen desde la política, desde la publicidad, desde la religión.


martes, 7 de noviembre de 2017

TURANDOT EN EL MET: Una puesta en escena impecable




Cuando las lujosas lámparas desaparecen por encima de los techos del Metropolitan Opera House del Lincoln Center en New York, el público viaja hasta la milenaria China imperial donde se desarrolla la historia de Turandot, hermosa princesa que impone el terror con su implacable decisión para mantenerse lejos de los hombres: Todo aquel que la pretenda deberá contestar correctamente tres acertijos y de no hacerlo, morirá decapitado. Para cuando comienza la obra, trece desdichados ya habían perdido la cabeza, literalmente, por la única hija del Emperador Altoum.

Calàf, príncipe de Persia, se enamora de Turandot y decide pasar el reto, a pesar de las advertencias de su padre Timur y Liù, una joven aldeana que suspira secretamente por él. Incluso sirvientes de Turandot tratan de convencer a Calàf para que no arriesgue su vida y le detallan los horrores que desata el verdugo, cada vez que cumple las órdenes de Turandot. Hasta el Emperador intenta hacer que Calàf retroceda pero él triunfa y responde bien los acertijos.

Para demostrar su amor y valentía, el príncipe reta a Turandot: Si ella adivina su nombre antes del amanecer, él se entregará al verdugo. La princesa, desesperada, ordena que nadie duerma hasta descubrir la identidad del forastero pero el mismo Calàf, cumplido el plazo, revela su nombre sellando de esta manera su conquista.

La puesta en escena es impecable, con escenografía diseñada en 1987 por el célebre cineasta y productor Franco Zeffirelli. Los vestuarios destacan por sus contrastes: los brillantes ropajes de Turandot frente al sencillo atuendo de Calàf, o las rústicas prendas del pueblo frente a las coloridas túnicas de los ministros. De fondo, un imponente palacio imperial que en su primera aparición arranca aplausos antes de que la orquesta toque siquiera una nota.

La presencia de dramáticos coros se combina con elementos de comedia en diversas arias. La orquesta intercala melodías inspiradas en música china con percusiones menores (xilófonos, bloques de madera) en medio de las exuberantes secciones de vientos y cuerdas propias del autor de La bohème (1896), Tosca (1900) y Madame Butterfly (1904), sus tres óperas más conocidas, exponentes del verismo, estilo que él ayudó a crear.

La popularidad de Turandot es enorme entre el público en general gracias a Nessun dorma (Nadie se duerma), uno de los momentos cumbres de la obra, aria que fuera popularizada por grandes tenores como Luciano Pavarotti, José Carreras, Plácido Domingo, entre otros. 

Para su versión 2017, los protagonistas son dos estrellas de la ópera actual: la soprano ucraniana Oksana Dyka y el tenor lituano Aleksandrs Antonenko, como Turandot y Calàf, respectivamente, de extraordinarias performances. La soprano italiana Maria Agresta interpreta a Liù mientras que el experimentado barítono norteamericano James Morris hace de Timur, el padre de Calàf. El director de la orquesta es el italiano Carlo Rizzi.

La majestuosidad arquitectónica del Met –con capacidad para más de 3,800 personas- combina la clásica elegancia de sus instalaciones con altas tecnologías que van desde sofisticadas escenografías móviles hasta un modernísimo sistema de subtítulos que permite a cada espectador seguir la ópera desde sus aterciopeladas butacas hasta en cinco idiomas y que está activo tanto para las primeras filas como para las altas cazuelas de sus cuatro niveles.

Giacomo Puccini (1858-1924) comenzó a escribir Turandot en 1921, cuando tenía 63 años, sin saber que se convertiría en su última ópera pues falleció antes de concluir las dos últimas escenas. Un compatriota suyo, Franco Alfano, compuso el final basándose en sus apuntes. En 1926, dos años después de su muerte, Turandot se estrenó en La Scala de Milán, con orquesta dirigida por el recordado Arturo Toscanini, quien fuera amigo personal del compositor.

El guion de esta ópera en tres actos se basó en una obra del dramaturgo Carlo Gozzi, a su vez adaptada de un cuento persa del siglo 12, llamado Las siete princesas, contenido en la colección Los mil y un días, contraparte del archiconocido libro Las mil y una noches. Y aunque su historia se desarrolla en el lejano oriente, Puccini y sus colaboradores –los libretistas Giuseppe Adami y Renato Simoni-, decidieron que la protagonista conservara el enigmático nombre Turandot, cuyo origen es el vocablo “Turandokht” que significa en persa “la hija de Turán”. 

lunes, 16 de octubre de 2017

SNARKY PUPPY: JÓVENES VIRTUOSOS AL RESCATE DE LA MÚSICA



“No todo está perdido”. Eso fue lo primero que pensé tras escuchar a Snarky Puppy, un colectivo de jóvenes músicos que realiza, desde el año 2006, un trabajo encomiable en estas épocas de adefesios reggaetoneros, DJs y estrellas pop superficiales, interpretando un explosivo repertorio en el que convergen jazz, funk, pop-rock, progresivo, soul y world music en un hirviente crisol cargado de talento y relajado virtuosismo.

Este combo instrumental de 16 integrantes ha establecido un particular modus operandi con la finalidad de rescatar la música en vivo: siete de los once álbumes que han lanzado hasta el momento son conciertos cerrados, organizados en grandes estudios donde reciben a públicos reducidos y selectos -mayormente jóvenes alumnos de escuelas de música-, donde presentan canciones especialmente compuestas para cada sesión, que además queda registrada en audio y video, haciendo de su propuesta una experiencia musical completa y muy intensa.
Cada producción de Snarky Puppy es un vendaval de música en estado puro, ejecutada con precisión y sentimiento. En cuestión de minutos el oyente experto es capaz de reconocer las diversas influencias setenteras que conforman su experimentación musical: guitarras vertiginosas (The Mahavishnu Orchestra), lánguidos solos de trompetas (Miles Davis), disonantes progresiones que recuerdan al King Crimson más oscuro, pianos y teclados inspirados en Chick Corea, bajos y baterías ultrafunky, ensambles de metales que lanzan melodías regulares estilo Chicago e impredecibles fraseos propios de The Grand Wazoo, aquella legendaria big-band que formara Frank Zappa tras su accidente en Londres.
Después de una década de arduo trabajo en conciertos y clínicas, dejó de ser un grupo “underground”, para convertirse en una de las principales figuras del jazz, recibiendo elogios y premios de medios especializados como las revistas DownBeat o The Jazz Times. Su última producción, Culcha Vulcha (2016), obtuvo el Grammy este año como Mejor Álbum Instrumental Contemporáneo.
Michael League, bajista y compositor del 90% de las canciones de Snarky Puppy, es líder y director musical de esta banda formada entre Texas y New York, cuyos miembros han desarrollado extensas carreras tocando para celebridades del soul y del pop como Aretha Franklin, Erykah Badu, Chaka Khan y hasta Justin Timberlake, por lo que poseen amplia experiencia tanto en estudios de grabación como en conciertos de gran escala.
Destaca el tecladista Cory Henry, que disfruta como un niño al tocar esos sorprendentes solos que parecen inspirados en George Duke, Jan Hammer o Chick Corea. Junto a él están Shaun Martin, Bill Laurence y Justin Stanton en distintos teclados (Hammonds B-3, Fender Rhodes, pianos, etc.). Stanton, además, toca trompeta, y conforma con Jay Jennings, Mike Maher (trompetas), Bob Reynolds (saxo) y Chris Bullock (saxo, flauta, clarinete), la prominente sección de metales que adapta el formato big-band a sonoridades y ritmos más elaborados y sinuosos.
Los guitarristas Bob Lanzetti, Mark Lettieri y Chris McQueen entrecruzan sus versátiles estilos pasando del jazz al rock, del funk al soul, de manera casi imperceptible, según las necesidades de cada tema. Los bateristas Larnell Lewis y Robert Searight son una máquina rítmica que combina sutileza con contundencia, y los percusionistas Nate Werth y Marcelo Woloski, quienes dominan un amplio rango de instrumentos africanos, latinos y asiáticos, complementan esta deliciosa receta sonora con elementos de raíces étnicas. Álbumes como groundUP (2008) o We like it here (2014) son lo mejor que le ha pasado a la escena musical en mucho tiempo.
En sus conciertos Family dinner Vol. 1 y 2, lanzados en 2013 y 2016, tienen destacados invitados como David Crosby (EE.UU.), Salif Keita (África) y hasta nuestra compatriota Susana Baca, entre otros, en un proyecto que es descrito en la web http://snarkypuppy.com como “una muestra de cómo la música puede ser un puente entre diversas culturas para crear algo único, apreciable tanto por el público promedio como por el conocedor”.
En el desarrollo histórico de la música popular siempre ha existido esa dicotomía: los que se suben a la ola de las modas y tienen éxito sin hacer mucho esfuerzo; y los que trabajan seriamente por hacer que el arte musical no muera asfixiado por tanta mediocridad y facilismo. Snarky Puppy, que tocará en Lima el próximo 7 de diciembre como parte de su primera gira por Latinoamérica, pertenece a la segunda categoría.




martes, 10 de octubre de 2017

PERÚ AL MUNDIAL: UN SUEÑO QUE PUEDE CONVERTIRSE EN PESADILLA


Casi nunca escribo sobre fútbol. Y no es porque no me guste sino porque, como me ocurre con la música, también desprecio las expresiones modernas del "deporte rey" al punto de no ser capaz de rescatar casi nada de esta nueva forma de entender este negocio que antes fuera un juego que, de niño, se convirtió en una de mis pasiones.

Desde que tengo uso de razón, me recuerdo a mí mismo coleccionando las noticias sobre los campeonatos locales, los suplementos en los que se detallaba tabla de posiciones, de goleadores. Cada vez que empezaba una Copa América o una Libertadores, usaba las últimas páginas de mis cuadernos de matemáticas (los cuadriculados) para armar mis cuadros de estadísticas. 

Veía los partidos con ojo atento, lapicero a la mano y cuaderno abierto para apuntar todo: alineaciones (cuidando escrupulosamente anotar apellido, nombre y número de camiseta de cada jugador), entrenadores, árbitros y jueces de línea, tarjetas amarillas y rojas, penales y goles, y los minutos en los que ocurrían. Nombres de estadios y horas de partidos. Todo. Aquella sana fiebre futbolera me dominó entre los 8 y los 13 años de edad. Y también jugaba. 

En el barrio, durante las vacaciones de colegio, hacíamos maratones de fulbito, que iban desde las 7 de la mañana hasta que nos diera la luz natural, y a veces más. Mis problemas de visión no fueron impedimento para aprender a jugar, digamos que más o menos (había compañeros mucho mejores que yo, sin duda). Me defendía, en fulbito de cemento o cancha grande (parques, uno que otro estadio). Siempre en la mitad de la cancha. Nunca de defensa ni de delantero. Ni de arquero.

En el colegio, aunque no destaqué tanto pues había una "camarilla" de peloteros que monopolizaba todo -además, al ser uno de los chancones, una nube de prejuicio se elevó siempre sobre mi cabeza- de vez en cuando hice también lo mío.

Coleccionaba los álbumes de cada mundial (hasta ahora trato de hacerlo, en secreto, pero las obligaciones de la vida adulta ya no me dejan tiempo ni plata para llenarlos) y, a solas en mi casa, cuando mi papá y mi mamá salían, yo corría por toda la casa detrás de una pelota hecha de medias viejas y era, a la vez, arquero, defensas, volantes y delanteros de dos equipos. Tenía no uno, sino veintiún amigos imaginarios, sin contar al público y los periodistas que hablaban de todos nosotros al día siguiente.

Pertenezco a la generación que recuerda con detalle -y sin necesidad de "googlear" salvo para confirmar algún dato caprichosamente oculto en el disco duro cerebral- los últimos procesos de eliminatorias que realmente valen la pena, hablando de selecciones peruanas, por supuesto: el de 1982 y el de 1986.

En el primero, las legendarias victorias a Uruguay y Colombia. El baile de Eduardo Malásquez al defensa uruguayo en la esquina izquierda. El gol de cabeza de Gerónimo "Patrulla" Barbadillo ante Colombia. La campaña en la que el equipo del brasileño Elba de Padua Lima "Tim" le ganó a la Francia de Platini y jugó con tra equipos tan diversos como Hungría, Argelia o el entonces famoso equipo norteamericano Cosmos, en la temida cancha de tartán. El accidente y muerte de Roberto "Cucurucho" Rojas. La tríada mágica de Velásquez, Cueto y Uribe, el mejor mediocampo del fútbol peruano en la romántica década de los ochenta. La salida en hombros de Héctor Chumpitaz.

En el segundo, la marca asfixiante que Luis Reyna, un jugador "de medio pelo" identificado con el Sporting Cristal, le hizo a Diego Armando Maradona, en su mejor momento, en el Nacional. La salvaje falta de Camino a un jovencísimo Franco Navarro en el Monumental de River, en el partido de vuelta. El gol de Gareca con empujón de Pasculli a Chirinos. El angustiante repechaje contra Chile y las críticas al arquero Eusebio Acasuzo.

A España '82 fuimos y regresamos canasteados por la poderosa selección polaca, en la que brillaban Boniek, Smolarek y Lato. A México '86 no llegamos, por poquito. A partir de entonces comenzaron los fracasos, la gitanería, la irregularidad, los ídolos de barro, «los cuatro fantásticos», las pendejadas con bataclanas, la asociación maloliente de jugadores de fútbol con borracheras, salsa cubana, vedettes, raros peinados y reggaetón.

El encanallamiento que sufrió la política y los medios de comunicación en el Perú, cortesía del preso y posible indultado Alberto Fujimori, también pudrió a mi amado fútbol. Dejé de ver el Descentralizado y comencé a despotricar contra el fútbol peruano.

El Canal 7 dejó de transmitir los alucinantes campeonatos locales de Argentina (el Apertura-Clausura original), Italia (el calcio) y Alemania (la Bundesliga), de los cuales también hacía cuadros estadísticos, listas de nombres y resultados y vi tremendos y electrizantes partidazos que se quedaron para siempre en mi memoria. 

Por eso me he mantenido cínico y desconfiado, con un ojo abierto y otro cerrado, frente a esta posibilidad de que Perú clasifique al Mundial de Rusia, que hoy es una realidad palpable y no un sencillo y mañoso cálculo de matemáticas forzadas.

Los vendedores de humo (y de camisetas bamba) siguen ahí, exacerbando y distrayendo a las masas que alguna publicidad oportunista ha denominado "los que siempre estuvieron allí". Pero es innegable que ahora sí, después de muchos años, estamos "en un tris", como decían los comentaristas ochenteros, de clasificar, toda una vida después, a la justa futbolera más importante del mundo.

Sin embargo sigo sin compartir esa ilusión desmedida, ese afán por deificar a estos jóvenes muchachos que vienen trabajando con relativa seriedad y gracias a ello -y a varios golpes de suerte también-, en el último tramo, han conseguido revertir una nueva e inminente, hasta hace algunas fechas, eliminación. En los ochenta lo raro era quedar fuera. Hoy somos la sorpresa, el golpe.

Si mañana se da el cruce de resultados necesario, la Selección Peruana de Fútbol habrá clasificado al Mundial Rusia 2018. Y si en ese cruce está incluido el triunfo ante Colombia, será una clasificación épica, inédita para quienes vivirán esa experiencia por primera vez. Pero el sueño puede convertirse en pesadilla.

Y no porque Perú no clasifique finalmente, ya que de una u otra forma estamos todos acostumbrados a ello. Sería, después de todo, una vez más, con la diferencia, en todo caso, de que la forma como se ha llegado a estas instancias, al ser diferente a las anteriores, marca la expectativa de un nuevo comienzo a la cual debe seguir un trabajo más serio y responsable, con los más viejos retirándose dignamente (Guerrero, Rodríguez, Carrillo) y los más jóvenes concentrándose y no dejándose engatusar por las mieles de la fama, con miras al Mundial de Qatar, dentro de cinco años. 

Este sueño puede convertirse en pesadilla precisamente si Perú clasifica al Mundial Rusia 2018. Porque entonces se darán las condiciones para que todos aquellos zamarros que están buscando distraer a la población para hacer de las suyas tendrán la puerta abierta en medio de las caravanas y bocinazos, las multitudes alcoholizadas y envueltas en camisetas blanquirrojas compradas en Gamarra o en Saga Falabella, dando tumbos en la Calle de las Pizzas y en los mega malls del Cono Norte, los titulares disforzados de la prensa cada vez más parecida a una esquina de barrio que a un panel de profesionales y comunicadores que busquen orientar a la opinión pública. Y así, patriotas y todo, habrá camionetas chocadas en la Costa Verde, tráficos infernales en todos los distritos, peleas callejeras, peperas que harán su agosto bolsiqueando a barristas en el clímax de la celebración y políticos corruptos tomándose fotos con la selección, gastando plata en homenajes y declarando feriados no laborables, recuperables para el sector privado.

Pero lo peor que puede ocurrir si Perú clasifica a Rusia 2018 es que Ricardo Gareca, el verdadero artífice de este sueño-pesadilla termine cediendo a la presión y al lobby mediático que Claudio Pizarro, ese oportunista que fracasó todas las veces que pudo con la selección nacional, ya viene haciendo desde ahora, con periodistas y hasta colegas jugadores que declaran a favor de que "regrese", y termine convocándolo con el pretexto ese de que se trata de "un referente" para los más jóvenes. Y entonces, si Pizarro se cuela al Mundial, la tan esperada clasificación se convertirá en el triunfo de la conchudez, la angurria y la injusticia. Estaremos atentos para tratar de evitar ese maltrato a una joven selección que merece disfrutar de la gloria sin la intromisión de un tipo que representa lo peor de esa tradición de derrotas que ellos están ayudando a dejar atrás.

lunes, 11 de septiembre de 2017

MASTER OF PUPPETS: REGRESA CLÁSICO DEL METAL EN EDICIÓN DE LUJO PARA COLECCIONISTAS



“Nosotros solo estábamos grabando un disco, jamás imaginamos el impacto que tendría” dijo recientemente Kirk Hammett, guitarrista de Metallica, refiriéndose al álbum Master of Puppets, el tercero del grupo. Sus producciones anteriores -Kill'em all (1983) y Ride the lightning (1984)- habían sido recibidas con enorme entusiasmo por la comunidad metalera que rondaba por subterráneos locales, desatando ruidosas catarsis en conciertos para públicos marginales, que veneraban al grupo como el más rápido y furioso de la primera generación de exponentes del thrash metal, pero fue este LP el que hizo notorio su poderío, por primera vez, al gran público.

Treinta y un años después de su aparición, se anuncia el lanzamiento de una colección con 3 vinilos, 10 CD, 2 DVD, 1 cassette y 1 libro con fotografías, letras de canciones y crónicas acerca de todo lo concerniente a este icónico disco. Hace una semana, James Hetfield, cantante y guitarrista, reveló los contenidos del boxset en un video de YouTube que supera las 200,000 visualizaciones.

Además del álbum remasterizado, esta edición de lujo incluirá material inédito: ensayos de cada tema, entrevistas y conciertos del periodo 1986-1987. Entre estas joyas de la corona metálica destaca una grabación artesanal del show que ofreciera el cuarteto el 26 de septiembre de 1986 en Suecia, el último del bajista Cliff Burton, quien falleció trágicamente horas después en la carretera rumbo a Dinamarca. Asimismo, las audiciones de su reemplazante, Jason Newsted, y su primer concierto con Metallica, mes y medio después del fatal accidente.

Master of Puppets, que ingresó el 2015 al Registro Nacional de Grabaciones de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, por ser “cultural, histórica y artísticamente significativo”, contiene una hora de contundente música, compuesta, arreglada e interpretada por cuatro muchachos que apenas superaban los 20 años de edad. Como comenta el baterista Lars Ulrich: “¿Cómo demonios lo hicimos? Éramos solo unos chicos fanáticos del metal. Hicimos música con muchas agallas”. El álbum impresiona desde su carátula, una distópica ilustración que muestra un camposanto bajo un cielo rojo sangre y dos manos que manipulan los hilos de una marioneta.

Este disco es para aquellos oyentes que buscan emociones fuertes a través de la música: sus ocho canciones, de atronadora agresividad, son ejecutadas con altos niveles de destreza técnica y arreglos sumamente complejos: pesados riffs, sutiles armonías en guitarras, repentinos cambios de ritmo y solos vertiginosos que hicieron de Metallica una banda respetada incluso por fuera de los ámbitos metaleros, a pesar de que no tenían presencia en los circuitos convencionales de difusión (radios, MTV). Desde el misterioso inicio acústico de Battery hasta la furia desatada de Damage Inc., el álbum genera una atmósfera de intenso vértigo de la cual es difícil escapar.

En cuanto a las letras, Hetfield aborda temas oscuros como la locura, la alienación social y la manipulación del poder con agudeza y creatividad, que pueden interpretarse de manera literal o figurada. Por ejemplo, Disposable heroes es una abierta diatriba contra el aparato militar que usa a los más jóvenes como escudos humanos al servicio del gobierno sin explicarles por qué; mientras que Master of puppets (la canción) propone la existencia de un poder omnímodo –los políticos, la religión, las drogas- que domina todos tus actos hasta someterte. Welcome home (Sanitarium) está contada desde el punto de vista de un peligroso paciente psiquiátrico; y Battery es una frenética invitación al desahogo. Por su parte, Leper Messiah ataca a los charlatanes evangelistas televisivos y The thing that should not be repite las referencias a la literatura fantástica de H. P. Lovecraft que exploraron antes en The call of Ktulu.  Orion, tema instrumental, nos ofrece un testimonio del incendiario talento del bajista Cliff Burton, un año antes de su muerte.


Metallica cambió, con Master of Puppets, la forma en que el público entendía el heavy metal y, tras la muerte de Burton, sus valores intrínsecos se potenciaron hasta convertirse en legendarios, razón por la cual se le considera hasta ahora como el mejor trabajo discográfico de esta banda, antes de convertirse en las superestrellas que son actualmente.

martes, 29 de agosto de 2017

70 AÑOS DEL BARTOLO: A PROPÓSITO DE LA MEMORIA, LOS PAROS Y LOS BUENOS AMIGOS



Cuando lo vi, al otro extremo de la mesa, tratando de ponerse el polo azul que le acababan de entregar mientras otras manos le encasquetaban la visera, también azul, casi como los reporteros que van introduciéndole el audífono en el oído al entrevistado en los enlaces microondas, apenas si lo pude reconocer. “¿Quién es ese viejito”? me pregunté antes de caer en la cuenta. De inmediato los mecanismos de mi memoria se pusieron en acción. “¿Quién es?"

Antes de que mi buscador interno lanzara el resultado, uno de los muchachos, el más vocinglero y jodido, el de la chispa siempre encendida y el comentario mordaz lanzado en el tono preciso de voz e intención –sí, los de la promoción ya saben a quién me refiero, desde luego- pega un grito y conmina al señor no identificado a apurarse. Y aunque el apellido era absolutamente conocido para mí, como para todos los demás esa tarde, aun no terminaba de relacionarlo con la imagen del gastado personaje que parecía atacado por una banda de bolsiqueadores, solo que en medio de risas y palabras emocionadas de reconocimiento y alegría por este nuevo reencuentro.

Pero minutos más tarde, luego de escucharlo hablar, todas las dudas quedaron disipadas. ¡Era Chacón! El auxiliar y profesor de instrucción premilitar (o lo que se le pareciera en esa época) quien, ya ataviado de azul y con la insignia BH por todas partes, discurseaba y arengaba y se acordaba de sus viejas glorias, rodeado por todos nosotros quienes, con respeto y quizás un rezago del temor que nos infundía cuando fuimos niños, lo observábamos desde el nuevo plano de relación que ahora tenemos.

Sin embargo mi cerebro recién reaccionó cuando escuché su voz, ese grito apagado con el que nos ordenaba hacer ejercicios al estilo militar, mientras caminaba mirándonos con cara de pocos amigos, el gesto adusto, la espalda ligeramente encorvada y los ojos encendidos: “¡Para planchas… uno, dos!”. Y todos nosotros, palomillas de ventana (y tapia) respondíamos en coro agudo, como blancas palomitas: “¡Tres, cuatro!” Hace 30 calendarios él tenía la edad que muchos de nosotros estamos por alcanzar. Ojalá llegue yo a los 75 años con esa energía y ese orgullo que él siente hoy por haber sido parte importante de nuestras (de)formaciones.

Chacón no tenía nombre, era solo eso, "Chacón". Una entidad, parte del mobiliario del colegio. Una leyenda. Temido y respetado por todos, odiado por algunos que, una vez llegados a 4to. o 5to. año, lo buscaron para cobrarse venganza por sus castigos. Chacón era duro, un “cachaco” como él mismo dice, y tenía ese concepto peruanísimo de disciplina que es férreo e inflexible, pero que también sabe ser sinuoso y maleable según sus conveniencias, como queda claro al escuchar esas anécdotas que cuenta, sus correrías en campamentos, excursiones y actividades, su necesidad de reafirmarse como el único responsable por nuestra seguridad y por convertirnos en hombres, unas veces a gritos y otras, a punta de palos y manguerazos que repartía con un extraño sentido de la dosificación y el propósito positivo que los justificaba (“¡esto es para que aprendan, carajo!”). 

Las palabras y recuerdos de (don Víctor) Chacón, teñidos por ciertos matices de autocomplacencia, son testimonio de los rudimentos de la educación que recibimos en el Bartolomé Herrera, Gran Unidad Escolar que acaba de cumplir setenta años de vida institucional, y que todos celebramos el pasado sábado 26 de agosto, en la ya tradicional reunión y almuerzo de camaradería.

La memoria es una de las facultades más sofisticadas del cerebro humano, que reacciona a veces por estímulos minúsculos: un olor, el color del cielo a determinadas horas de la mañana, una imagen en la televisión, tienen la capacidad de activar una explosión de recuerdos, sensaciones y sentimientos que pueden cambiar drásticamente nuestro estado de ánimo. Y si esa explosión es positiva, alegre, el efecto no puede ser mejor. Por eso se disfrutan tanto esta clase de reencuentros con los compañeros de promoción que, como todos repetimos hasta el cansancio, volvemos a ser niños durante unas horas. Cada quien a su modo se desconecta de su momento presente e ingresa a una dimensión distinta, sin abandonar el mundo real. Es mejor que las redes sociales y sus fríos íconos de colores, sus emoticones y posibilidades de interactuar con links, videos, gifs y reacciones. Aquí escuchas voces, intercambias miradas, estrechas manos, brindas.

En nuestras épocas escolares hubo muchas huelgas indefinidas de maestros. Y nuestros profesores, como buenos sindicalistas, se iban a protestar dejando en los planteles silencio, aulas vacías y un grupo de maestros contratados o “amarillos” que no acataban el paro e iban a dar clase. En tiempos de estos paros nacionales, estar en el colegio era, para los alumnos, un recreo permanente que, después de horas jugando fútbol en el estadio y los patios, se transformaba en secuestro, hasta la una de la tarde. Quiero suponer que las personas mayores que nos cerraban las puertas, a pesar de que no había nada que hacer dentro del colegio, lo hacían para garantizar nuestra seguridad. Y los auxiliares, con Chacón a la cabeza, hacían hasta lo imposible para que no nos escapáramos. No creo necesario añadir que casi nunca tenían éxito.

En estos días, todo el Perú habla de los maestros y esta paralización que se muestra contaminada, más que nunca antes en la historia de sus agrupaciones sindicales, por un divisionismo profundo y esta nueva forma peruana de hacer política, caracterizada por la agresividad y el reduccionismo simplón, y esa arrogancia de un gobierno que parece sacado del Club de la Unión y el Regatas, cada vez más alejado de las preocupaciones y necesidades de la población. Para mí, que estudié en colegio público y viví múltiples huelgas siendo alumno de secundaria, resulta una confirmación más de que, más allá de lo que digan los analistas afines al poder desde sus tribunas doradas, el país no ha avanzado nada y, por el contrario, a juzgar por las condiciones en que hoy se da esta movilización y las reacciones absurdas del gobierno, retrocede hacia un abismo oscuro y sin fondo.


Pero en el patio principal del Bartolo es evidente que no hay espacio para esta coyuntura lamentable, resultado de décadas de abandono a la educación pública. Promociones de distintos años se toman fotos, alzan copas, hacen bromas. Y la nuestra no se queda atrás y, es más, me atrevería a decir que en el ranking de las más alegres y bulliciosas, la de 1990 se lleva las palmas de lejos. Como cada vez que nos juntamos, la pasamos muy bien reactivando esa sensación de libertad y esa conexión que trasciende cuestiones como la profesión, los logros académicos o económicos, las opiniones y experiencias personales. 

Como me dijo nuestro Brigadier, hoy Comandante del Ejército Peruano -¿alguien sabe si llegó bien a su casa?-, antes de quedarse dormido, y no precisamente de sueño: “A mí lo que más me gusta, Promo, es que, a pesar de que no nos dio la mejor educación del mundo, ahora vengo y veo que todos somos profesionales y estamos bien”. Palabras sabias, sin duda, con las cuales coincido plenamente. Pero lo que sí nos dio el Bartolo, a borbotones, fue esencia, orgullo. Y un grupo de muy buenos amigos.